Cuando María Eugenia entró en aquella habitación de hospital, ya sabía perfectamente lo que tenía que hacer. No solo porque ya lo hubiese hecho cientos de veces, sino porque ya lo sabía la primera vez que lo hizo, en una de esas certezas absolutas que son más verdad que cualquier ley o protocolo médico.


Tomó la mano de la mujer que reposaba en la cama. El rictus de boca abierta y respiración audible era muy claro, por eso le habían llamado las enfermeras, pero lo que le dio la confirmación fue el calambre al tocarla. Un calambre frío, ciego, negro, doloroso.

- ¿Como va, cariño?- dijo la mujer menuda de pelo negro dulcemente- Lucía. -recordó cómo se llamaba y le sonrió francamente - soy María Eugenia, vengo a ayudarte, me han dicho que estás débil.


Estas palabras las pronunció también para que las escuchara la familia allí reunida. Eran tres, más de la media, nunca le dejaba de sorprender la cantidad de gente que moría sola o con solo una persona a su lado.


Pero es que ella, claro, no veía la muerte como los demás, desde niña, y jamás se perdería ese momento tan especial de ningún ser amado.

Había acompañado en su tránsito al más allá, a tantas personas y animales, que podía anticipar al milímetro aquella danza de sucesos, aquella coreografía cuidadosamente diseñada por alguien que nos amaba y sabía, como ella, que es un momento poderoso y a veces liberador pero siempre duro, porque el ser humano es apego. Nuestra necesidad básica es la de pertenencia. Así que dejar caer aquellas firmes amarras requería mucho valor de parte de todos.


Sintió la rosa de luz, empezando a florecer en su mano en aquel punto de contacto entre las dos.

-Ya empieza-dijo suave a las dos mujeres y el hombre que esperaban sentados en el bonito sillón blanco. La más joven, que estaba apoyada en el hombro de la otra, empezó a sollozar acongojada. Se acercaron los tres.


-¿Queréis darle mejor esta mano?- ofreció María Eugenia. Negaron con la cabeza y se acomodaron alrededor de Lucía, que aparentemente seguía en el mismo estado.

-Ha llegado el momento de despedirse.-dijo con mucha suavidad.- Decid lo que queráis pero intentad que no haya ningún reproche. No es momento de eso. Dadle las gracias, decidle cuánto la amáis, que le pedís perdón y le perdonáis cualquier daño que os hayáis hecho, y sobre todo lo más importante- Miró a la joven a los ojos, debéis darle permiso para partir. Si no, su sufrimiento se alargará, y el vuestro también. Amar también es saber soltar. Ha llegado el momento de que demostréis el amor más puro.


Aquel momento de la despedida nunca dejaba de maravillarla. Allí nunca aparecían malos sentimientos ni superficialidades. Todas las construcciones mentales que creemos que nos sostienen desaparecen. Y solo queda lo que es el ser humano al desnudo: amor y miedo.


Ella seguía sosteniéndole la mano, energía blanca iba de su pecho al de Lucía, estaba en una especie de trance. Sus ojos entrecerrados y una sonrisa muy queda, sentía como la flor de luz ya había llegado a su madurez. Sus pétalos mágicos se habían desplegado en aquel arcoíris en movimiento. Quedaba muy poco ya. En cuanto cayese el primer pétalo empezaría la partida.


Comenzaron a llegar los que ella llamaba “ comité de bienvenida “, los espíritus de la futura difunta. Sus seres queridos, que la esperaban desde hace tanto, sus guías espirituales, su ángel de la guarda. Ella no los veía físicamente, solo con los ojos del alma, pero sentía su alegría borboteante. Algunos se apoyaban en los vivos que, desolados, hablaban de hermosos recuerdos a los que se marchaban.


Lucía empezó a hacer un ruido ronco, como si no pudiera respirar. Los llantos de los vivos subieron de intensidad, el alboroto de los otros también. Y entonces sucedió.


El primer pétalo de aquella flor se desprendió y poco a poco el alma de Lucía fue saliendo de su cuerpo. No quería alejarse, nunca quieren, de los vivos, pero sintió a sus padres, a sus tíos, a su hermana. Y aquellas presencias benéficas que siempre supo que le acompañaban. Y se dejó llevar. No sin antes acariciar con su espíritu recién liberado a aquellas tres personas que sufrían por perderla. Como si la perdiesen. Y uno a uno los pétalos cayeron. María Eugenia abrió sus enormes ojos de golpe. Y Lucía los cerró para siempre.


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